¿Cómo nació Zuloark?
En la Escuela de Arquitectura empezamos a juntarnos personas a las que nos gustaba trabajar de forma parecida y que compartíamos el modo de ver la carrera. Es una carrera bastante competitiva y encontrarte con gente dispuesta a compartir su trabajo y su conocimiento no era demasiado habitual. Así que, cuando a uno le encargaban un trabajo, lo hacíamos entre muchos; así dedicábamos menos tiempo a la morralla –el trabajo burocrático o más estándar– y teníamos más tiempo para trabajar con más intensidad en los proyectos. Empezamos a utilizar el nombre colectivo Zuloark porque, al final, el resultado no era ni de uno ni de otro.
¿Y los profesores admitían esa forma de trabajar?
No siempre, pero lo intentábamos. Por respeto a los profesores y a los compañeros, nuestro lema era que el trabajo no podía ser la suma de muchos, sino que el proyecto tenía que incrementarse mucho más. A veces sí que era útil porque ponías encima de la mesa cosas que, de otra manera, no daba tiempo a abordar.
¿Pero lo hablabais con el profesor antes para evitar trabajar en balde?
Sí, siempre. Y, por otra parte, desde el principio sabíamos que el trabajo en balde no existía; siempre decíamos: “Los concursos hay que ganarlos antes de haberse presentado”. Es decir, te tiene que haber merecido la pena hacerlo por haber disfrutado y aprendido en el proceso.
¿Cuándo os empezaron a conocer en la escuela como colectivo?
La primera vez que un trabajo de Zuloark tuvo repercusión pública en la escuela fue el 12 de septiembre de 2001. Hicimos una acción después de la caída de las Torres Gemelas; diseñamos unos panfletos muy gráficos que se usaron como tema de conversación en algunas clases, sobre todo de urbanismo.

¿Cuánta gente forma parte de Zuloark ahora?
Es un grupo abierto, pero en la organización económica –los que vivimos de esto– somos siete.
Estáis en Madrid, Barcelona, Berlín, México y Bruselas.
Nos conocemos desde muy jovencitos y siempre hemos creído que el desarrollo del grupo no podía condicionar la vida personal de cada uno. Así que, cuando alguien toma la decisión de irse a vivir a otro sitio, fundamentalmente por asuntos del corazón (risas), no tiene que dejarlo, sino que el grupo se expande y se adapta a las necesidades geográficas de cada uno.
Uno de vuestros objetivos es reactivar el espacio público, ¿esto cómo se hace?
Desde nuestro punto de vista, el espacio público son todos los espacios que compartimos con gente que no conoces. Hay unos que están dentro de edificios y son arquitectura, y otros que están fuera: calles, plazas… Bajo nuestro punto de vista, todas esas cosas que están fuera llevan mucho tiempo sin ser lo suficientemente mimadas. Desde hace unos 20 años, se encargan de esos espacios los abogados y los promotores inmobiliarios, que han hecho un urbanismo muy cutre, para salir del paso y llevar los abastecimientos de un punto a otro para que les permitan edificar en un lugar y hacer una promoción inmobiliaria. Pero nosotros creemos que tienen muchas más posibilidades y ahora estamos trabajando para sacar esas posibilidades a la luz y utilizarlas.
¿Se podría decir que vuestra arquitectura es sostenible y social?
Diría que sí. Creemos que la crisis ecológica exige que lo que se pone en marcha tenga unos requisitos de respeto y cuidado del medio ambiente, y creemos que la arquitectura es un servicio público que afecta a la sociedad. Además, en el proceso de diseño y en el trabajo de gestión de lo que hacemos, intentamos involucrar a todo el que se preste.
Pero, la construcción de mi casa no sería un servicio público porque no es un espacio compartido…
Efectivamente, pero las consecuencias ecológicas de la construcción de tu casa afectan a todos. Cómo decoras el baño y el salón o dónde pones la tele es un asunto privado, pero que tu casa se construya con un derroche energético brutal nos afecta a todos.
¿Crees que, en general, se está evolucionando hacia una arquitectura más sostenible?
Hay mucha conciencia en la disciplina de que eso es fundamental y, de hecho, la legislación se ha adaptado para cumplir con ciertos estándares, pero no se ha innovado lo suficiente tecnológicamente como para que eso sea posible. No es fácil utilizar tecnologías que están fuera del circuito comercial habitual porque es más caro y la arquitectura está en un momento difícil; tiene un resacón impresionante después de la burbuja inmobiliaria. La industria actual es muy ‘dinosauria’.
¿Queda mucho para que se extinga?
Hay dos tipos de dinosaurios: los que hacen una arquitectura bastante intemporal, pero que resuelve problemas y aporta calidad y confort, por ejemplo; y otros que se han venerado mucho, pero que no aportan nada de eso, como la Ciudad de la Cultura de Galicia que, además del derroche económico y el devastamiento territorial, es un espacio que no te aporta nada.
¿Los pufos de Santiago Calatrava han desprestigiado a la profesión?
Por una parte, los arquitectos estrella han derrochado dinero público, pero, por otra, hay muchos arquitectos que han derrochado dinero privado. El 90 por ciento de lo que se ha hecho en este país en los últimos 20 años son promociones de vivienda muy caras y de muy mala calidad; la gente ha hipotecado su vida por casas de mala calidad. Las dos cosas nos han dejado en muy mal lugar a los arquitectos.
Es verdad que, socialmente, tienen mucha más repercusión los arquitectos estrella, tanto para lo bueno como para lo malo. Esta era una profesión muy elitista y muy bien considerada, y la falta de respeto actual es responsabilidad de todos, pero, sobre todo, de las estrellas.
¿Quién tiene la culpa de esos pufos, el arquitecto o la Administración?
La responsabilidad de hacer un edificio muy por encima de las necesidades y de las posibilidades de una población es de todos: de quien lo solicita, que es político; de quien dice “acepto”, que es el arquitecto; y de los votantes, que son quienes exigen al político algo que inaugurar. En eso estamos todos metidos.
Y cuanto más grande sea lo que se va a inaugurar, mejor.
Depende del lugar y del momento. En Medellín (Colombia), por ejemplo, la arquitectura que se ha puesto en marcha en los últimos años ha sido muy necesaria y ha hecho muchísimo bien, y ha contribuido al proceso de pacificación de la sociedad. Pero en España no es necesario hacer grandes cosas para hacer buena arquitectura.
¿Cuáles son tus referentes?
Me interesa muchísimo Izaskun Chinchilla, una arquitecta muy joven, y un colectivo de arquitectos de mi generación que se llaman PKMN (pac-man) y que hacen muy buen trabajo. Y de generaciones anteriores, Enric Miralles y Alejandro de la Sota. Pero no soy muy de idealizar arquitectos.
¿Las mujeres lo habéis tenido más complicado para entrar en el mundo de la arquitectura?
Creo que sí. En el ámbito académico, el de los arquitectos estrella, lo hemos tenido más difícil porque es muy poco democrático, se suele valorar más la persona que la obra, y para que se valore a la persona se necesita una especie de marketing alrededor que las mujeres arquitectas no hemos desarrollado tanto, aunque no es porque no tengamos capacidad para hacerlo. Y en el mundo empresarial, de batalla, el de las promociones inmobiliarias, tengo una experiencia muy corta, pero es un mundo muy heavy.

¿Por qué?
Porque es muy de copa y puro, y de firmar contratos yéndote de putas. Entonces, cuando aparece una mujer y, sobre todo, una mujer joven, no saben si mirarte como su hija o como su putita. Es muy desagradable. Estás intentando cerrar un contrato comercial y esa persona está desconcentrada porque está acostumbrada a tratar con señores como él, no sabe gestionar una situación así.
Apareciste en un reportaje en una revista de moda en el que se reivindicaba la visibilidad de las mujeres en el arte español, pero, al final, en las fotos lo que se destacaba era la ropa que llevabais. ¿No es un poco incongruente?
Fue rarísimo, la verdad. No me planteé como miembro de Zuloark si tenía sentido o no participar en una revista de ese tipo para que se hablara de vestidos, sino como mujer. Al principio dije que no, pero muchas amigas muy feministas me convencieron para hacerlo porque era un espacio que podía aprovechar para hablar de ciertas cosas. Al final, no dije que sí por eso, sino por echar el día de risas, que me maquillaran y que me vistieran, por divertirme. Creo que, tanto la comisaria que me seleccionó como yo, lo elegimos fundamentalmente por eso, porque no iba a tener una trascendencia positiva en mi vida profesional –nadie te va a encargar nada por salir en el S Moda– y solo podía ser perjudicial.
¿Y lo ha sido?
No tengo ni idea de lo que se puede haber dicho, pero yo no lo he notado. Lo que sí que ha sucedido es que mucha gente de mi entorno más próximo que no entiende lo que hago ni por qué lo hago –por qué pudiendo ganar más dinero, gano menos–, de repente ha dicho: “Algo estará haciendo bien si la sacan en S Moda”.
¿Qué espacios que ves en Madrid te hacen pensar “ojalá se me hubiera ocurrido a mí”?
No suelo tener esa sensación. Con la arquitectura me pasa como cuando vas a Decathlon y hay alguien que ha pensado una solución estupenda para un problema muy concreto que tienes cuando estás escalando; dices “qué bien”, pero no me da rabia no haber tenido yo la idea.
Entonces, ¿cuáles son los que más te gustan?
Me gusta mucho Torres Blancas, aunque sea un desastre; el Pabellón de los Hexágonos, de José Antonio Corrales y Ramón Vázquez Molezún; y El Campo de Cebada.